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Tésis Página 2


Ámbito Familiar:

Como institución social con un carácter socio-histórico-cultural, reproduce y recrea las normas macrosociales que rigen la época en atención al lugar y la clase social de que se trate. En su seno y para cada uno de los integrantes la familia como primer lugar de transmisión de la cultura proporciona aquellas normas de la sociedad en la que se construye.

En este devenir se va segregando, extirpando al padre – y en gran medida él se autoextirpa pues es la norma social imperante como adecuada – desde lo asignado de modo que ese hombre que se ve obligado a proveer la sobrevivencia material de la familia, pierde el espacio para la expresión de sus emociones y sólo le queda el deber de ser el responsable del sustento material de la misma (Lowenstein, Gary, 1996).


Ámbito Maternal:

Se gesta en la etapa matrimonial, por la reproducción de lo asignado socialmente en el seno de la familia y la pareja teniendo su expresión terminada con la ausencia de disposición, equilibrio, control y equidad al concebir el estilo de relaciones que regirán en la nueva situación, o sea desde lo relacional.

Teniendo en cuenta la reproducción de los estereotipos patriarcales preconcebidos y depositados en la mujer (y en todos los miembros de la sociedad), esta encuentra su identidad y realización femenina a través de la identificación reductiva entre “cónyuge”, “madre” y “mujer”, acaparando en su reafirmación genérica los cuidados, afectos, educación, protección de los “otros” sobre todo de sus hijos, pero también de su esposo, sobrinos, etc.; lo cual asume “mamaizando” todas sus relaciones con el medio, como algo “natural” que es inherente “biológicamente”, y por lo tanto de lo cual “no puede -aunque quiera- escapar”.

Hacer que lo cultural aparezca como algo natural y biológicamente determinado parece responder más a la ideología de determinadas estructuras sociales, pues resulta innegable que la definición de la cultura es social. Los padres marcan normas que le han sido trasmitidas por sus propios padres y que se constituyen en estructura psíquica asumida, directamente relacionada con las pautas sociales y que además tienen garantizada su replica. Estas normas se asumen con tal credibilidad como si estuvieran incorporadas genéticamente, de esta manera se toman procesos sociales como si fueran naturales, normas sociales que por su implantación etnocéntrica son tomadas como congénitas (Ferro, 1991).

La práctica demuestra que habitualmente la mujer al sentirse propietaria natural de la educación y el cuidado de sus hijos se apropia físicamente de los menores y su destino, marcando las pautas relacionales con su ex-pareja. De esta manera las relaciones del padre con sus hijos quedan a merced de la buena o mala voluntad de la madre, para continuar siendo padres ajustados a la nueva situación o convertirse en padres de fines de semana alternos en el mejor de los casos, pues en incontables oportunidades, e instrumentalizando a los niños, se suele usar el permiso de contacto como una herramienta de desquite, de venganza.

No resulta imprescindible que la madre posea una evidente tendencia a negar o impedir la existencia de una relación libre y abierta del niño con el padre, basta con que ella la obstaculice, ponga trabas, impedimentos más o menos sutiles en una confrontación de “nervios” en la que el que no tiene la guarda y custodia del niño suele perder la compostura rápidamente y comienza a “autoextirparse” en ocasiones con elevadas vivencias de dolor, en otras con resignación y quizás en otras con cierta tranquilidad debido a la ausencia de “batallas” por su ausencia.

La padrectomía pues, es originada en última instancia por la privación del rol paternal a través de la desestructuración y anulación de la función consolidada por la ausencia de compromiso y responsabilidad, así como por medio de la abolición o eliminación del lugar ocupado antes por el padre.

Cuando la funcionalidad parental se fragmenta y comienza a desaparecer hasta el extremo de correr el riesgo de abolirse completamente, observamos que algunos padres asisten al crecimiento y desarrollo de un fenómeno denominado Síndrome del Padre Destruido. Este proceso sindrómico se vivencia como tal o como dimensiones del mismo, a partir de la privación o la carencia de la relación afectiva significativa con sus hijos como resultado de la separación conyugal.


EL SÍNDROME DEL PADRE DESTRUIDO

El fenómeno de la padrectomía limita o impide al padre en el ejercicio de sus derechos y el disfrute del contacto con sus hijos. Y es, en esencia, la vivencia de la pérdida con sus múltiples matices la que provoca en el plano de la subjetividad masculina un conjunto de manifestaciones o síntomas que es necesario estudiar, así como considerar tributarios de orientación terapéutica.

La padrectomía es un hecho, no una enfermedad ni un síndrome; las vivencias lacerantes del padre, son también hechos lamentables, y, además fenómenos subjetivos que es necesario prevenir.

El cese de los derechos paternales genera lógicamente desesperación paternal, disfunción y aún desaparición. Este trágico trío sintomático constituye una desenfrenada y terrible aflicción psicológica que es tratable y más importante aún prevenible” (Fay, 1989, pag.407). Los casos estudiados por nosotros confirman tal afirmación, por lo que concebimos el Síndrome del Padre Destruido como la constelación de síntomas (depresión, desesperación, sufrimiento, sentimientos de minusvalía, ansiedad, culpa, ira, evitación, agresividad o rechazo) que en el plano emocional y conductual provoca en el padre la vivencia de la pérdida de su hijo en el proceso post-divorcio. La intensidad de estas vivencias encuentra su origen en el grado de apego y significación de la relación padre-hijo.


CRITERIO DE SELECCIÓN DE LOS CASOS

Se seleccionaron los 6 casos estudiados atendiendo al siguiente criterio:

  •  Padres que vivencian el desajuste de su rol paterno en el proceso de post-divorcio, y que acudieron a consulta espontaneamente.

MÉTODO

Se utilizó el método clínico, pues este permite utilizar diversos recursos para obtener la información relevante sobre los sujetos investigados (aplicación de técnicas) así como crear la comunicación empática entre el paciente y el profesional como condición de implicación del sujeto en el proceso de su conocimiento. Este método en combinación con el método fenomenográfico está dirigido al conocimiento profundo y dinámico con una concepción longitudinal del sujeto, en atención a su desarrollo y evolución (pasado, presente y proyecciones futuras) en atención a las vivencias sentidas por el paciente.

PADRE

Debe entenderse por padre a aquella figura masculina que en su constante intercambio con el niño (en un espacio y tiempo determinado) elige construir junto a su hijo lazos afectivos duraderos en ambas direcciones (padre-hijo, hijo-padre) y es escogido y reconocido por el menor como la figura parental significativa en base al apego emocional desarrollado y no necesariamente por ser el progenitor.

Atendiendo a la anterior definición resulta comprensible que ser el progenitor de un niño no garantiza el establecimiento de un vínculo de apego significativo entre ambos. Tales relaciones se encuentran determinadas por lo vivencial afectivo que en el transcurso de su devenir ocurren (Silveira, 1996).

No nacemos padres y madres, sino que devenimos en tales mediante una construcción personal basada en lo que la familia, la sociedad y las pautas culturales nos van depositando en nuestras historias personales, es decir, en el proceso de apropiación de la cultura. Más aún, nuestros propios hijos constituyen una guía orientadora de tal construcción, ya que sus conductas y afectos pueden confirmarnos o lanzarnos un S.O.S. sobre algunas incorrecciones paternales.

Partimos de la comprensión de que un padre sin compromiso y emocionalmente distante de sus hijos es una figura socialmente construida y no biológicamente determinada. Por lo que entonces, la figura del padre comprometido, que cuida de su hijo es también una realidad que puede y debe construirse socialmente.

Desde esas dimensiones concebimos el ejercicio de la paternidad (dentro y fuera de los lazos matrimoniales) como la necesidad y posibilidad de:

  •  Mantener un contacto físico duradero y responsable con los hijos.Crear, mantener y fortalecer lazos afectivos (ternura, comprensión, cariño.

  •  Participar en la guarda, custodia y mantención de los hijos.

  •  Garantizar el desarrollo pleno de las potencialidades del niño en su proceso de crecimiento e inserción social.

  •  Propiciar la posibilidad de acuerdo, colaboración y ayuda mutua con la madre.

  •  Velar por la integridad de las imágenes paterna y materna, cuidando y fortaleciendo el respeto y cariño de ambos frente a los hijos.

El rol paternal se define como funcional cuando, una vez establecidos los derechos y deberes para la persona que lo asumirá, le permite garantizar su ejecutabilidad y concreción práctica real, pero además, sólo es posible que sea funcional cuando la situación – y las personas que en ella participan – promueven y garantizan que así sea, trayendo como consecuencia la sensación de bienestar y satisfacción en la labor desarrollada (desarrollo de una relación de apego). En última instancia, también se produce el desarrollo de un compromiso con el rol, o dicho de otra manera, produce responsabilidad con el rol de la persona implicada.

No defendemos que tales características y funciones de la paternidad sean privativas del padre, ni que se ejerzan en detrimento de las de la madre. Pero cuando producto de los embates del divorcio la funcionalidad paterna en términos de responsabilidad y compromiso se pone en riesgo, hay cada vez más padres dispuestos a defender el ejercicio de sus derechos, aquellos padres que ven reforzadas sus posturas enriquecedoras del rol con importantes vivencias relacionales de apego.

Estos padres podrían estar vivenciando ciertos cambios alternativos, o la aparición de nuevas alternativas en los paradigmas paternales del hombre en los umbrales del siglo XXI, con postulados destinados a la concreción de un modelo paternal cercano afectivamente a su hijo, comprometido motivacionalmente y no contenido en los modelos paternales anteriores.

No se trata de una rivalidad de sexos, donde uno siempre debe sojuzgar al otro, es más, creemos que la complementariedad de ambos sexos hace esta vida gratificante e impulsa a vivirla, salvaguardar esa dicha implica oponerse a la guerra de géneros.


Padrectomía

La experiencia clínica, recoge los efectos desbastadores que para el padre tiene el divorcio por estar asociado a él la pérdida de los hijos; la ruptura del vínculo relacional, la interrupción de una paternidad construida desde el compromiso y la pérdida de espacios generadores de experiencias gratificantes con los hijos. De esto han sido testigos psicólogos y especialistas afines, lo que ha provocado que, aunque relativamente reciente, pero con fuerza cada vez mayor, grupos de estudiosos aborden este fenómeno tratando de esclarecer sus causas, condicionantes, manifestaciones y vías para su profilaxis y tratamiento.

Por lo que llamaremos padrectomía al alejamiento forzado del padre, cese y extirpación del rol paterno y la pérdida parcial o total de sus derechos ante los hijos. El cual se expresa a nivel sociocultural, legal, familiar y maternal.

El proceso post-divorcio trae consigo, al nivel real y vivencial, un rompimiento de la familia con la figura paterna. Es decir, que de forma inevitable ocurre un grado de pérdida o alejamiento del padre, con su correspondiente precio afectivo. Por diversas razones que ya hemos mencionado, es al padre al que le corresponde decir adiós, o hasta luego, pero finalmente despedirse, lo cual en muchas ocasiones va acompañado de añoranza y un gran sentimiento de dolor, pues se trata de separarse precisamente de lo que más se quiere. Según Goldhaber (1986) esta situación de pérdida es sufrida por siempre, aunque con el tiempo paliada. Es entonces cuando el alejamiento del padre se convierte en extirpación. El obligado cambio en el rol paterno deviene en disfunción y el dolor se torna en angustia y desesperación.

Esta privación paterna, esta padrectomía, parece tan nociva para los hijos como la privación materna, aunque sus efectos sean diferentes. Es nociva en tres direcciones:

  •  En tanto que el hijo sufrirá la deprivación paterna y el dolor de la distancia de un ser significativo que necesita cercano.

  •  En tanto que el padre ve cercenados sus derechos funcionales lo cual le causa dolor, culpas y resentimientos.

  •  En tanto que la madre se verá sensiblemente afectada con una sobrecarga de tareas y funciones al verse obligada (o por elección personal) a suplir las ausencias paternales desde su condición materna.

  • La Padrectomía actúa en distintos ámbitos:

    Ámbito sociocultural:

    En los ámbitos de la cultura patriarcal se enarbola un modelo de paternidad de autoridad y disciplina avalada por ser el padre el proveedor familiar casi exclusivo o, al menos, el más importante; distante afectivamente y portador de un status de poder público con connotaciones de omnipotencia.

    Existen poderosos instrumentos de reproducción constante de los asignados socioculturales, siendo algunos de ellos los medios de difusión masiva encargados de generar y propagar como verdaderos “virus” algunos poderosos apuntadores de la cultura patriarcal donde el “ser hombre” se analogiza como ser distante, esquivo, torpe en los cuidados y atenciones a los hijos, rudo, inconmovible, etc.; así como las políticas sociales y disposiciones desde lo legal contribuyen a crear un perfil monolítico e inamovible de la paternidad, a la vez que reducido a funciones estereotipadas y limitantes del desarrollo personal.

    Es así, que esta asignación del rol en cuanto al ejercicio de la paternidad en la sociedad actual deja al hombre extirpado, cercenado de una paternidad cercana, empática y nutriente, privado del disfrute de sus hijos, ubicándolo en un “status periférico” y excluyéndolo de la función de educación y crianza de sus hijos (Arés, 1996).


    Ámbito legal:

    Desde lo legal se implementa el cumplimiento de la norma social. Las leyes norman las libertades y los límites de movimiento conceptual y práctico de los deberes y derechos de los que se trate, pero siempre atendiendo a una correspondencia estrecha con lo sociocultural asignado.

    Así los códigos y las leyes describen qué es ser hombre y ser padre a partir de un modelo de patriarcado. El patriarca proveedor es representado ahora como el jefe de la familia (Linhares, 1997). Se institucionaliza legalmente la distancia afectiva y el papel del poder arcaico como protector y autoridad indiscutible. Más aún, en este ámbito el mito del instinto maternal y la reducción de lo femenino a lo maternal conduce al supuesto – jamás cuestionado – de que sólo la madre es imprescindible para la crianza de los niños. La norma “natural” es que la madre consiga la custodia y al padre se le conceda la “visita” en la amplia mayoría de los casos que llegan a los tribunales de los países de Latinoamérica.

    En muchos casos, la guarda del niño pasa a ser atribuida a la víctima como si fuera un premio y como instrumento de reparación de los daños causados por su pareja, mientras que el cónyuge culpado como responsable (aunque pueda no serlo) de la ruptura del matrimonio, queda automáticamente inhabilitado para el ejercicio de la guarda (Pereira de Castro, 1997).

    A pesar del supuesto teórico de que la ley vela por la igualdad de derechos y deberes de la unión conyugal existe la tendencia legal ya instituida como un “saber” desde lo “natural”, de otorgar la guardia y custodia a la madre como portadora indiscutible de las cualidades y capacidades para la crianza, educación y afecto para sus hijos (en países como Chile, Uruguay, Argentina, Brasil y Cuba).

    Desde lo legal, el padre vivencia la exclusión familiar a la que se ve sometido cuando ve cercenados sus derechos funcionales casi totalmente, pues en el mejor de los casos el ejercicio de la paternidad se ve ostensiblemente reducido a un sistema de visitas quincenales o a una pensión alimenticia a los hijos que desestimula el interés paterno por la figura del niño, trayendo como resultado el abandono físico y afectivo del menor. Se ven drásticamente reducidas las posibilidades de contribuir a la educación, hábitos y costumbres de sus hijos, ganando terreno la desmotivación y el desestímulo. Esto trae consigo sentimientos de pérdida de prestigio, minusvalía y desimplicación afectiva al verse impedido de participación, o generando en él una presencia intermitente que a menudo lo desorienta y confunde (tanto como a su propio hijo) sobre el quehacer educativo (Gilberti, 1985).

    La literatura señala que con un padre intermitente se tiende a la deformación de la personalidad del niño que carece de los atributos paternos en el proceso de su formación (Pereira de Castro, 1997). Continuación

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